Hay momentos en los que conducir deja de ser simplemente acelerar y girar el volante, donde parece que los neumáticos van leyendo un código secreto en la carretera que nos lleva a nuestro destino, mientras avanzamos en sucesiones de curvas y rectas. En este caso, además, añadimos a la experiencia lo que se ve por la ventana: sierras redondeadas, campas de altura, paredes de caliza, valles que se cierran hacia el Cantábrico. Nos espera una ruta llena de paisajes espectaculares.
Hoy decidimos explorar la zona noreste de España, poniendo el punto de partida en Pamplona, capital de Navarra, una ciudad con carácter y tradición. Desde Pamplona ponemos rumbo a las montañas del norte de Navarra, donde el aire cambia y los prados empiezan a dominar el paisaje. En el trazado propuesto atravesaremos tres parques naturales: Aralar, Aizkorri-Aratz y Urkiola, cada uno con una historia geológica diferente, para terminar la ruta en Bilbao, capital de Vizcaya, en la comunidad autónoma del País Vasco. Tanto el punto de partida como el destino, son ciudades con una oferta cultural que invita a quedarse.
Así que seamos honestos, esta es una ruta para madrugadores. La distancia directa entre las dos capitales es relativamente corta, apenas dos horas de autopista, si se hace en un trazado directo, pero los desvíos hacia los parques convierten la jornada en otra cosa, en uno de esos días en que pones a prueba realmente tu espíritu explorador. A cambio del esfuerzo, la recompensa es descubrir la diversidad de los paisajes montañosos vascos: prados y bordas en Aralar, caliza y santuario en Aizkorri-Aratz, silencio y paredones en Urkiola.
Recorreremos la ruta tramo a tramo, guiándote por las carreteras y tiempos invertidos en cada punto, para que puedas repetirla y disfrutar de la experiencia a tu ritmo. Y te hacemos una advertencia, cuando estés frente a la ría de Bilbao probablemente entenderás por qué la mayoría recomienda quedarse a dormir en la ciudad, para continuar conociéndola al día siguiente, antes de emprender el retorno a Pamplona. Así que preparemos el equipo, la ruta y la mente para la aventura.
Preparación del viaje
Para que nadie se llame a engaño, lo mejor es revisar los números. La ruta completa, con los tres desvíos hacia los parques, suma alrededor de 240 km y entre 4 y 5 horas de conducción neta. A eso hay que añadir las paradas: una caminata y una visita en cada parque, la compra del queso, el café, las fotos que no estaban previstas. El resultado es una jornada de diez a doce horas, y por eso insistimos en la salida temprana: salir de Pamplona sobre las 07:00 h permite disfrutar de Aralar mientras se disipa la niebla.
En cuanto al equipamiento, no hay grandes misterios, pero sí detalles que marcan la diferencia. No es como la ruta de la Costa da Morte, ni como la ruta de los Pirineos, tiene sus propias recomendaciones: calzado cómodo y con buen agarre que aguante hierba, barro y piedra, porque los senderos de la montaña vasca pueden estar húmedos incluso en agosto. Una capa de abrigo y una chaqueta impermeable siempre en la mochila; aunque el día amanezca limpio en Pamplona, el lado cantábrico tiene clima propio y los puertos suelen recibir una llovizna fina que no siempre aparece en las previsiones, debido a que es una nubosidad muy baja y poco densa. Agua, algo de comida para llevar y también efectivo en el bolsillo, porque muchas bordas venden queso a la manera de siempre, sin datáfono y sin cartel, con un campanillo y una persona que sabe lo que hace.
El clima merece un párrafo propio, porque es uno de los aspectos técnicos de la ruta. Salimos de Navarra con un clima más continental, seco y de contrastes, y en pocos kilómetros entramos de lleno en el Atlántico. En primavera y otoño los parques muestran sus colores más bonitos pero también su clima más inestable; en verano los días son largos y el calor aprieta menos en altura, aunque la niebla de primera hora en Lizarrusti o en Urkiola es casi una cita fija. Conviene mirar la previsión la noche anterior y aceptar que en este país el clima forma parte del paisaje.
Por último, dos apuntes técnicos sobre el coche y la carretera. La AP-636 y los tramos guipuzcoanos de la AP-1 tienen peaje por el sistema Bidegi, con pago electrónico por lectura de matrícula o dispositivo, así que es bueno conocer el coste y llevar la matrícula limpia. Y aunque el asfalto de las carreteras de montaña está en general en muy buen estado, como señalan muchos viajeros, hay tramos estrechos y curvas sin visibilidad donde conviene conducir con la calma de quien no tiene prisa. Llena el depósito en Pamplona o en Beasain, revisa presiones y frenos antes de salir y descarga los mapas en el teléfono, porque en las zonas altas de los parques la cobertura aparece y desaparece a su antojo. Recuerda que en la zona centro de Pamplona podrás encontrar dos talleres Rodi Motor Services donde puedes realizar una revisión pre-viaje. Nunca está de más. ¡Ahora, vamos a por ello!
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Primer tramo: de Pamplona al Parque Natural de Aralar (55 minutos de conducción + 1h y 30 min de paseo)
El primer tramo es importante no siempre por el paisaje, sino porque marca el tono de la jornada. La jornada de hoy es especialmente larga, así que se recomienda comenzar con energía. La AP-15 sale de Pamplona todavía dormida y en un cuarto de hora nos deja en Irurzun, donde la A-10 se cuela por el valle de Sakana entre las sierras de Aralar y Andía. Es una autovía que atraviesa el valle, con los pueblos de la Barranca a un lado y la muralla verde de Aralar creciendo hacia el norte. Se disfruta mucho más cuando sabes a través de qué espectáculo geográfico estás abriéndote paso. Pasado Etxarri Aranatz, en Arbizu, la carretera pasa a ser la NA-120 y empieza la parte seria: una subida pausada entre hayedos que gana altura sin prisa y nos deposita en el puerto de Lizarrusti, el límite entre Navarra y Gipuzkoa y una de las puertas del parque.
En Lizarrusti, la carretera cambia de nombre y se convierte en la GI-2120. Bajamos unos kilómetros por los barrios altos de Ataun hasta llegar al desvío de Arrondo, que es el que nos interesa: una carretera estrecha y con mucho encanto que sube al alto de Urkillaga y se mete de lleno en el corazón de Aralar, en el entorno del embalse de Lareo. En poco más de una hora de moto desde Pamplona estamos aparcando entre prados, con el agua del embalse asomando entre el arbolado y las campas subiendo hacia las cumbres.
Aralar es exactamente lo que cuentan quienes lo han visitado: un lugar donde se pueden hacer infinidad de rutas. Nosotros, con la disciplina de un día apretado, elegimos un paseo corto en el entorno de Lareo: una vuelta tranquila entre bordas, rebaños sueltos y hayedos, con el sonido constante de los cencerros y la luz cambiando con cada nube. Aun en versión corta, el parque regala lo esencial: los prados ondulados sobre el relieve kárstico, las bordas repartidas como puntos de un relato, el horizonte de cumbres que marcan la frontera entre Navarra y Gipuzkoa.
Las bordas son, además, la otra gran cita de la parada. En este lado del parque, en las faldas del Txindoki, hay quienes siguen elaborando queso con los gestos de siempre, y es posible comprarlo directamente, casi a pie de casa. Vale la pena llevarse una pieza envuelta para el viaje: pocos recuerdos de viaje son tan auténticos como un queso elaborado en la zona. Una viajera que leímos antes de venir lo resumía con gracia: en Aralar se pueden observar distintas bordas, comprar queso a las faldas del Txindoki y, al conectar con Navarra, los paisajes cambian y todo es precioso. Lo confirmamos punto por punto.
Con el queso en el maletero y la caminata en las piernas, deshacemos el camino hasta Arrondo, donde la GI-2120 nos espera para continuar la ruta. Entre parada y paseo, el primer parque se lleva unas dos horas y media de la mañana, bien invertidas. Queda atrás Aralar y delante, el segundo.
Segundo tramo: de Aralar a Aizkorri-Aratz (1 h y 15 min de viaje, 1 h y 15 min de paseo)
El segundo tramo es corto en kilómetros y extenso en contrastes. Salimos por la GI-2120 que luego de Beasain y Ormaiztegi se convierte en la AP-636. La AP-636, la autovía de Deskarga, cruza el corazón de Gipuzkoa con esa calma eficiente que tienen las carreteras vascas, y en Bergara enlazamos con la AP-1. Poco después llega el desvío a la izquierda que nos interesa: la GI-2630, que tras dejar atrás Oñati empieza a subir, y con cada curva cambia el tono del paisaje. El prado de Aralar queda atrás; delante se abre el mundo calizo de Aizkorri-Aratz, más duro, más vertical, más dramático.
La llegada a Arantzazu es uno de esos momentos que justifican el día entero. El santuario de la Virgen de Arantzazu aparece al fondo del valle, unido a la montaña, imponente, y el adjetivo es de una viajera que lo visitó antes que nosotros, aunque no podríamos definirlo mejor: el complejo parece crecer de la propia roca. La basílica contemporánea, con sus puertas de Chillida y los apóstoles de Oteiza, desconcierta a quien espera un santuario convencional: aquí el arte de vanguardia y la fe de siglos conviven con una naturalidad que solo se da en este país.
El parque, además, está muy bien cuidado y bellísimo, con asfalto en buen estado y algunos tramos más angostos, y ofrece infinidad de recorridos para quien llega con más tiempo que nosotros. Nos conformamos con un paseo breve por el entorno del santuario, entre hayedos y miradores sobre las gargantas del valle, con las paredes del macizo de Aizkorri de telón de fondo. Es el macizo que da nombre al parque y que esconde en sus entrañas algunos de los sistemas de cuevas más profundos de la península; visto desde abajo, con la tarde todavía lejos, impone esa mezcla de respeto y poder que tienen las montañas grandes.
Antes de arrancar, una última mirada a los pueblos del camino. Oñati (u Oñate), con su plaza elegante y su universidad, es uno de esos pueblos bonitos que la ruta deja como promesa para otro día, y la propia GI-2630, entre Legazpi y Oñati, funciona como una pequeña antología de la montaña media vasca: caseríos, molinos, castañares, bruma que sube de los valles. Pero el tiempo apremia y debemos continuar hacia nuestra siguiente parada. Volvemos a la AP-1 con la sensación de dejar algo pendiente, que es la mejor forma de irse de un lugar como este: con la promesa de volver.
Tercer tramo: de Aizkorri-Aratz a Urkiola por la A-623 (2 h y 10 min en total)
El tercer tramo empieza con un regreso que podría parecer un paso atrás en el mapa y no lo es: volver a la AP-1 en dirección a Miñano y Vitoria es la manera de encarar la A-623 desde el sur y cruzar el Parque Natural de Urkiola por su puerto, que es exactamente lo que buscábamos. El cambio de provincia se nota en el horizonte: Álava se abre con sus campos y su ritmo más pausado, y la A-623 empieza pronto a ganar altura entre robledales y hayedos, primero hacia Otxandio y después hacia el puerto.
Urkiola es el más íntimo de los tres parques. Ofrece un paisaje más recogido, con su puerto de montaña, su santuario y las impresionantes vistas del Anboto, la gran montaña del Durangaldea y morada, según la tradición, de la diosa Mari, la señora más antigua de la mitología vasca. El lugar tiene esa cualidad que una visitante describió mejor que nadie: es uno de esos sitios en los que apetece quedarse un rato más.
Hicimos lo que ella hizo y lo que recomendamos a quien llegue con el día tan medido como nosotros: pasear sin prisa por los rincones que rodean el santuario, sentarse un rato a contemplar el entorno, escuchar el silencio. El espacio está muy cuidado, con senderos agradables, y el agua, la vegetación y el silencio hacen el resto. No es raro cruzarse con ciclistas subiendo el puerto con ese paso tranquilo de quien ya lo ha hecho muchas veces, porque para los amantes del ciclismo esta subida es una cita imprescindible. Y junto al santuario, la piedra con sus agujeros, esa en la que la tradición especifica que hay que dar vueltas a su alrededor para encontrar pareja, añade al paseo una sonrisa que no esperábamos.
La bajada hacia Durango por la BI-623 es la despedida de la montaña. La carretera pierde altura entre pinares, el valle se abre, y con él llega el primer tráfico de la tarde. En Durango enlazamos con la AP-8 con la sensación de que el día entra en su último capítulo, y la montaña, atrás, empieza a convertirse en recuerdo. El cansancio nos pisa los talones.
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Último tramo: de Durango a Bilbao por la AP-8 y la N-637
El último tramo es breve y lleno de pequeñas lecturas. La AP-8 discurre entre colinas verdes y, a la altura de Amorebieta, bordea el Belatxikieta, ese monte modesto y querido por la gente de la zona, un clásico de los paseos locales. Visto desde el coche, con la luz ya baja de la tarde, parece el adiós de la montaña: una cima pequeña que vigila pasar el tráfico, como si el país quisiera recordarnos que aquí, a unos minutos del asfalto, siempre hay un sendero que sube hacia el silencio.
Poco después, la vía se convierte en la N-637 y el paisaje cambia de piel: polígonos, pueblos, la densidad creciente de la metrópoli. Y entonces, casi sin aviso, aparece Bilbao, con su ría, sus puentes, su mezcla de hierro y vanguardia. Este contraste pone el broche final a la ruta: empezamos el día entre las campas de altura de Navarra y lo terminamos delante de uno de los paisajes urbanos más vivos del norte. Pocas rutas concentran tanto en tan pocos kilómetros. Y nos faltarían párrafos y páginas para hablar de todo lo que encontramos en Bilbao. Es un lugar que merece más de una visita en la vida.
Consejos de seguridad
Una ruta así, con autopista y montaña en el mismo día, necesita de unas ideas claras de seguridad, y en moto todavía más, porque la exposición a las condiciones de la carretera es mayor.
- La primera tiene que ver con la moto: antes de salir conviene revisar presiones y desgaste de neumáticos, frenos, tensión y engrase de la cadena, luces y niveles, porque las bajadas de Lizarrusti y de Urkiola son largas y exigen a la mecánica más que mil kilómetros de autopista. Si no recuerdas cuándo fue la última revisión, lo más recomendable es ir al taller antes de empezar el viaje, siempre es mejor que ese fallo o recordatorio aparezca en el taller antes que en el arcén de una carretera de montaña. Pide cita en el taller Rodi en Pamplona, antes del viaje.
- La segunda tiene que ver con la conducción en los parques. Hay que entrar en ellos con atención especial: tramos estrechos, curvas sin visibilidad, tramos sin línea central y, sobre todo, compañeros de carretera imprevistos, como los ciclistas que suben los puertos y el ganado que cruza o pasta al borde del asfalto. A dos ruedas, la gravilla, el barro o la hoja húmeda al filo de la calzada merecen un respeto extra, porque lo que un coche apenas nota, una moto lo siente entero. Respeta la prioridad de paso y extrema la precaución ante animales y ciclistas, aunque no lo diga ningún cartel. No se trata de ir despacio por miedo, sino de ir con la velocidad justa, y con la paciencia como parte del equipamiento.
- La tercera tiene que ver con el clima y la luz. La niebla en los puertos puede cerrar la visibilidad en pocos minutos, y el asfalto húmedo bajo la sombra de los hayedos seca despacio incluso con sol; en moto, cada grado de temperatura y cada gota de lluvia se llevan en el cuerpo, así que conviene llevar el equipamiento de agua a mano aunque el cielo diga lo contrario. Conviene planificar las paradas para no llegar a los descensos con la noche encima, y si el día se tuerce, lo sensato es acortar el plan: ningún parque se va a mover del sitio y la ruta seguirá aquí la próxima temporada. A pie, lo mismo: no salirse de los senderos señalizados, llevar agua y algo de abrigo, y avisar del plan si te separas de la moto más de unos minutos.
- Y la última, que también es de seguridad aunque no lo parezca: el descanso. Un día de diez o doce horas entre manillar y montaña es un día precioso, pero también exigente, y en moto el cansancio llega antes: el viento, el ruido y la atención constante desgastan sin que uno se dé cuenta. La fatiga es uno de los riesgos que no debemos pasar por alto. Haz más pausas de las que creas necesarias, hidrátate, estira la espalda y las muñecas, y si al final del día el cuerpo pide cama en Bilbao, escúchalo. La carretera te lo agradecerá a la mañana siguiente.
El espíritu de la ruta
Si hubiera que resumir en una idea el espíritu de esta jornada, diríamos que es un viaje que se lee de este a oeste y que empieza en Navarra, que es donde empieza todo: en el horizonte ancho, en la luz temprana, en ese carácter de tierra de paso que tiene Pamplona. A partir de ahí, la ruta es un descubrimiento progresivo de la montaña: las campas de Aralar, la caliza de Aizkorri-Aratz, el silencio de Urkiola, tres maneras de ser montaña que se explican y se completan en un mismo día, y que terminan encontrando su contrapunto en la ría. Es como mirar de cerca y con atención la geografía casi completa de la región en menos de 12 horas de viaje.
La lectura más transparente de la jornada es simple: después de un día tan agotador, lo más sensato es quedarse una noche en Bilbao. La ciudad ofrece el mejor epílogo posible, con sus pintxos, la luz de la tarde sobre la ría y ese paseo sin prisa que el cuerpo pide antes de volver a casa. Quien duerma en Bilbao descubrirá además que la ruta tiene un regalo escondido: la mañana siguiente, con el café tranquilo y la ciudad despertando, antes de emprender el regreso. Es el premio de cierre, que corona la experiencia.
Solo nos queda una última palabra antes de que salgas. Una ruta así se disfruta con más tranquilidad cuando la moto ha pasado una revisión a conciencia, y por eso te invitamos a acercarte a los talleres de Rodi Motor Services antes de emprender el viaje: una puesta a punto de neumáticos, frenos, cadena y luces es la mejor preparación posible para un día de montaña y autopista. Con la moto en forma y la ruta en el teléfono, solo te quedará una tarea: madrugar. El resto lo ponen los espectaculares paisajes del Norte de España.
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